lunes, 10 de septiembre de 2018

VUELTA A LA PATRIA

POR: Jessica Dos Santos Jardim



“Ese cielo, ese mar, esos cocales,
ese monte que dora
el sol de las regiones tropicales…
¡Luz! ¡Luz al fin! –los reconozco ahora:
son ellos, son los mismos de mi infancia,
y esas playas que al sol del mediodía
brillan a la distancia,
¡Oh inefable alegría!
son las riberas de la patria mía!” – Pérez Bonalde
La migración existe desde que el mundo es mundo.
Venezuela siempre se caracterizó por ser un país receptor de inmigrantes.
Mientras tanto, los venezolanos nunca abandonaban su terruño, por “jodida que estuviese la vaina”.
Sin embargo, durante los últimos años más de uno decidió partir.
Al principio, según los investigadores de la Universidad Central de Venezuela (UCV) junto con el Observatorio Hannah Arendt (una asociación civil apoyada por las universidades Simón Bolívar y Católica Andrés Bello) y la Fondation Maison des Sciences de l’Homme de Francia, esta migración consistía en:
Personas jóvenes (ubicadas entre los 18 y 35 años), profesionales (36% licenciados, 46% con maestrías, 12% con doctorados, etc.), estratos A y B, tenedores de capital cuya contribución al PIB del Estado es la mayor.
Las profesiones que más se destacaban eran “expertos petroleros, comunicadores sociales, médicos e ingenieros”.
Los países de destino eran: Estados Unidos, España, y Panamá.
Se trataba de aquello que algunos denominaron “la fuga de cerebros”, los me iría demasiado.
Sin embargo, hoy cada vocero posee una cifra distinta, ninguno dice que método utiliza para contarlos, ni desde cuando lo hace.
No obstante, hay algunas coincidencias: A raíz de la crisis económica, las cifras de migración se incrementaron, el perfil del migrante se modificó y sus países de destino también.
Precisamente eso es lo que ha generado la ola de xenofobia y el trato indigno del que muchos han sido víctimas:
Ya no eran los simpáticos venezolanos que se trasladaban a sus países a gastar el cupo CADIVI o la beca de fundayacucho, tampoco aquellos clase media-alta, ya no era necesariamente gente que “vendió su casa, uno o dos carros y se llevaron sus dólares, entre 15.000 y 20.000” sino también más de un pelabola que llego tras muchos días de autobús, dispuesto a trabajar de cualquier cosa, incluso “lavando pocetas”.
Ante esto, la oposición y sus medios de comunicación (nacionales e internacionales) llevan meses hablando de una crisis, un éxodo, una diáspora, una ola masiva, para pedir “una intervención humanitaria”. A veces los tildan de “refugiados”, otras tantas apuestan a incitar el odio: ladrones, rompe matrimonios, etc. Pero, siempre hacen bulla y la convierten en negocio: ¿dónde están, por ejemplo, los millones de dólares que supuestamente Estados Unidos y la Unión Europea han aprobado para los migrantes venezolanos? Sus voceros denuncian la falta de medicinas, pero aplican sanciones que le imprimen más leña al fuego.
Mientras tanto, al gobierno, en una especie de defensa tardía, los llama “migrantes económicos” y muestra, en una suerte de toma y dame, laminas con la cantidad de colombianos, peruanos, o ecuatorianos que residen en el país. Asimismo, ha activado, con una gran cobertura de los medios públicos, el llamado “plan vuelta a la patria”. Pero, a veces, parecen “ignorar” que el engaño no es la única razón por la cual estos venezolanos decidieron partir.
¿Y nosotros? Desde que se activaron los vuelos me he cansado de leer a venezolanos insultando a los que retornan:
Opositores que los acusan de vendidos, infiltrados, traidores, flojos, vagos, y pare usted de contar.
Chavistas que los tildan de traidores, repudian su regreso, creen que el Estado no debería gastar real en eso (quizás sea más de pinga seguir gastándolo en formar a más venezolanos que se vayan. De hecho, en Chile, de los 4 mil profesionales de la salud que presentaron la prueba Eunacon para ejercer la medicina pública y ser contratados, 50% fueron venezolanos), obvian que también hay chavistas que se marcharon del país, y hasta se consideran exentos de que, por alguna razón, en algún momento les toque.
Unos y otros generalizan, acusan, e incluso se niegan a ver que, más allá de los usos políticos que se le ha dado y seguirá dado al tema, por primera vez en muchísimo tiempo, el Estado ha asumido una actitud responsable y asertiva en torno a el.
De hecho, la migración hace mucho rato debió ser hablada y abordada como un asunto de Estado y no solo como una decisión personal (que también lo es), brindar mayor atención consular, realizar campañas informativas, intentar evitar que este tema se convirtiese en la bandera de otros, frenar los linchamientos, la trata de mujeres, los feminicidios, y muchos males más.
Asimismo, ambos se niegan a ponerse una manito en el corazón. Está bien: Hay arrogantes (como aquella muchacha que exigía que le mandasen el avión ya), y seguramente existirán aquellos que a las semanas se vuelvan a ir, pero acá nadie está hablando de darles un premio, sino de garantizar que sean respetados como personas.
Por ejemplo, en uno de los últimos vuelos provenientes de Perú había 15 embarazadas, 3 pacientes psiquiátricos, un hombre con una sonda y otro con un ACV. Ni hablar del montón de niñitos. Claro que esa gente, sean unos inconscientes o no, necesita un Estado que responda.
Igual como lo requerimos todos los que hemos decidido quedarnos a guapear aguas adentro.
Bienvenidos sean entonces. A mi me alegra verlos volver.
El futuro de unos y otros depende de lo mismo: la capacidad que tengamos para salir de la crisis económica. Toca, entonces, dejarnos de dimes y diretes, y a la par de este tema, seguir intentando salir del atolladero… sin despreciar (nunca más e independientemente de quien este en el gobierno) a la tierra que nos vio nacer.